Era uno de esos días en que te sentís la peor basura de todas. Llegó de clases, arrojó la mochila y de inmediato rompió en llanto sentada en el suelo. Por su cabeza pasaban miles de cosas, su familia su novio, sus nuevos sentimientos a los que consideraba equivocados.. Todo como una bomba que explota liberando un dolor indescriptible el cual no le permitía pensar.
Luna había vivido sensaciones difíciles desde niña. Se supone que una niña debe sufrir cosas comunes como la muerte de un animal querido, la pérdida de un juguete y cosas por el estilo. Pero ella tuvo que lidiar con cosas como el abandono de su padre. El dolor y frustraciones por parte de su madre, abusos de muchas clases.
El entorno la hizo madurar antes de tiempo. Su madre, sin embargo, la amaba con todo su corazón. Se aferró a ella a medida que fue creciendo.
Luna fue siempre una niña solitaria, llena de dolor que nunca proyectó ante nadie. Siempre que intentaba confiar en alguien, Terminaba siendo defraudada. La gente jamás entendía lo que sentía, lo que pensaba, lo que soñaba.
Físicamente Luna era muy bonita, no tenía problemas para atraer a cualquier hombre. Tenía un grupo de amigas con las que se divertía, estudiaba en la Universidad por voluntad propia. Y aunque todo esto debería hacer feliz a cualquier joven de 20 años, Luna no era feliz.
Ella no soñaba lo que todas sueñan, a veces sentía que ni siquiera tenía el valor de soñar. Su alma era tan frágil que se rompía con unas pocas palabras y cada vez que esto sucedía le llevaba un buen tiempo reconstruirla y volver a caminar.
Lo que nadie veía era que cada vez tenía menos fuerza, cada vez costaba más levantarse.
Luna estaba vacía. Su dolor vació su alma y apagó su luz por completo. Esa noche se fue, con un sueño frustrado de libertad, con mucho que gritar.